15 de julio de 2008

Objetividad

Es frecuente toparse con un autor, un escritor por ejemplo, que menosprecia la obra que está presentando. Obligado a decir que es lo más de lo más, lo nunca visto y lo de siempre, puede acabar amargado. Pero al menos el autombombo le pone las palabras en la boca. Peor es estar más allá de la obra, no recordarla, no saber de qué iba. Hay una vergonzosa sensación de familiaridad, sí, pero como la que se tiene con las redacciones escolares del primo que quería que le ayudara a sacar mejor nota. Le gustaría que al menos uno se acercase como si tal cosa y con una actitud neutra le dijera qué le ha gustado, si tiene algo, si acercase a ella ha valido la pena. Le invitaría a cenar, le regalaría 15 ejemplares, se los autografiaría todos y también un cheque, hasta cambiaría de sitio y se iría a leer a su casa.

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