15 de julio de 2008

Llovizna

¿De cuántas existencias hemos sabido al leer una portada, un catálogo, una biografía? Una inferencia: cuanto más perfecto el relato de su vida, más nos parecerá una ficción, de mayor mérito cuanto mejor engarzada con los avatares históricos que todos conocemos. Así me sucede al contacto con crónicas día a día, minuto a minuto del Dadaísmo, o biografías de Robert Johnson que incluyen entrevistas con multitud de familiares, paisanos, conocidos, copias de documentos oficiales… infinidad de datos que debí de leer en su día, y que no sólo no me enriquecieron lo más mínimo, sino que toda su avalancha positivista fue devorada sin esfuerzo por el eructo del primer fantasma que pasó cercano.
Cuanto más trascendente el biografiado y más meritoria la investigación biográfica, tanto más distante el individuo, ejemplar encarnación de lo que deberían de ser las vidas en general y de lo que no es ninguna en particular.
Frente a estos casos, están los lentos procesos de erosión, a veces a lo largo de décadas, en los que nos es imposible fijar la fecha del primer contacto o la de nuestra rendición definitiva. Su resultado es que estamos tan convencidos de la Realidad de esa persona como de la de nosotros mismos. Tenemos una idea de lo que se puede y no se puede decir de ella. La conciencia de que todo lo que averigüemos será fragmentario, que es imposible crear una crónica fidedigna, eso avala paradójicamente la realidad de la persona en cuestión. Es una garantía no menos sospechosa que la otra.

0 comentarios: