30 de noviembre de 2006

Complejo de Pécuchet

Querer saber más que nadie sobre cada una de las cosas que nos llaman la atención, y tener que conocer todos los tópicos relacionados con ellas para comprobar por propia experiencia que lo son.
Descubrir mediterráneos, y siempre después de haber cruzado a pie todo el continente… ¡si al menos el viaje contara por sí mismo, en sí mismo!,

Correr tras el conocimiento absoluto, alejándose más de él cuanto más se profundiza en lo que nos separa de él.
Cada lectura, en vez ser interpretada y estudiada, produce simplemente una ampliación de la lista de lecturas obligadas y pendientes; cada nuevo hallazgo es una avalancha de antecedentes necesitados de investigación.
Y no sólo los antecedentes cronológicos: también los antecedentes futuros: aquellas interpretaciones que supusieron una nueva perspectiva, los sucesos que, mientras permanecíamos encerrados en la biblioteca, se empeñaron en cancelar el sentidos que tan esforzadamente habíamos extraído.

Uno consulta en el diccionario siempre las mismas palabras.
Lo que se conoce demasiado bien y surge automáticamente en la memoria siempre inspira desconfianza.
¿En qué medida puedo garantizar que conozco qué hay detrás de las palabras que utilizo, ni siquiera de una mínima fracción de ellas?

Querer someterse a una cura de estupidez.
Prometer que en adelante no se fingirá haber entendido a quien ni siquiera se ha leído.
Llevar un inventario de lo poco que se va leyendo;
identificar las malas imitaciones hechas de lo poco que se ha asimilado, los plagios que se cometen inconscientemente en los momentos de mayor seguridad en uno mismo.

Un palimpsesto en el que lo más interesante era lo que no estaba borrado.

27 de noviembre de 2006

Ludicez


La desolación de un parque de atracciones fuera de temporada. Un laberinto de calles sucio, repleto de basura cubierta de logotipos, con bolsas de plástico colgando de los cables. Al menos debería ser el escenario ideal para una última farsa. Mas qué tragedia cabe una tragedia cuando el espectador está pendiente de no morir víctima de un arrebato estético-futbolístico del acomodador, un envenenamiento retardado de palomitas, una catástrofe nuclear ignota acaecida antes de la concepción de nuestros padres... Ninguna tragedia puede, en fin, aspirar a ser tomada demasiado en serio.
Y si no se puede hablar de lo serio sólo puede hablarse de lo secundario.

25 de noviembre de 2006

Cartas al Director en la prensa local

Un voluntarioso lector de Villadecantos, Jacinto Gomeznarro, comuncia su indignación y escándalo ante los recientes casos de despilfarro y malversación en nuestro Ayuntamiento. El actual gobierno municipal, recuerda el Sr. Gomeznarro, ha multiplicado en los últimos años sus departamentos y oficinas de una forma que merece su censura, convincentemente expresada aunque acaso exageradamente mordaz. A consecuencia de esta acumulación de funcionarios y despachos, se ha creado, por un lado, una extravagante duplicación de competencias, y por otro una no menos curiosa abundancia de agujeros negros, de simas burocráticas donde desaparece el papel timbrado sin que nadie sepa recuperarlo. [Recordamos a nuestros lectores que nuestro periódico ya se adelantó a llamar la atención sobre este problema en (...)]

Según cuenta D. Jacinto, para poner fin de una vez a esta problemática indeterminación, se encargó a una asesoría solvente y neutral (i.e. privada) que inventariase las tareas burocráticas del Ayuntamiento a fin de redistribuirlas de forma coherente. La carta sugiere (con excesiva malicia, a nuestro entender) que el propósito de la contratación de tal asesoría era crear de tapadillo un nuevo departamento municipal: sabiendo el equipo de gobierno que era infinita la tarea encomendada, ésta equivalía a la creación ex nihilo de nuevas plazas de trabajo municipal, a fin de repartirlas entre los amigos, y sin resolver en absoluto los problemas iniciales.
Fuera como fuere, no ha tardado en descubrirse que estas personas requirieron los servicios de un segundo grupo de asesores, encomendándoles que se encargaran del trabajo que se esperaba de ellos. (La historia, a partir de aquí, está aún fresca en las memorias de todos: falsa contabilidad, dimisiones, llanto, etc.)

No entraremos a discutir si el objeto de la creación de estos puestos de trabajo era introducir en el aparato municipal personal afín y agradecido, como se sugiere desde la derecha, o si se trata de un paso más en el proceso de liberalización y eliminación de la burocracia civil, como apuntan desde la izquierda. Aunque reconocemos que cualquier interpretación venal resulta, al menos, tranquilizadora. Peor sería suponer que todos obraban con su mejor intención.

23 de noviembre de 2006

Redondo como una burbuja de jabón

“En cierto modo tengo que ser una persona muy moderna dado el efecto tan extraordinariamente benéfico que el cine me produce. No puedo imaginarme mejor descanso del espíritu para mí que una película americana. Lo que veo y la música me producen una sensación de dicha, quizá en un sentido infantil, pero no por ello menos fuerte. En general, como he pensado y dicho a menudo, el cine es algo muy parecido al sueño y las ideas freudianas son susceptibles de aplicarse inmediatamente a él.”
(L. Wittgenstein, Movimientos del pensar, p.31)

En la matoría de las películas, la caracterización psicológica de los personajes es la justa desencadenar un proceso rutinario de identificación. No se trata de la forma de hablar, los gestos, la respiración, ni mucho menos de sus actos o ideas. Su realidad ha sido compuesta a la manera de un bodegón: mediante la acumulación más o menos verosímil de objetos. No es ninguna disculpa que a veces sean de época, de anticuario, rehechos por especialistas en atrezzo. Un director que no sepa decirnos nada de un personaje por su forma de pisar tampoco podrá expresar la fotogenia de ningún objeto ni los misterios que descubre en cine la mera manipulación del objeto más cotidiano (echar a las hormigas con un papel encendido, poner un plato de leche a un perro, etcétera). Queda crudamente al descubierto que ser es tener. No se trata de un drama, sino de nuestra única esperanza de entender a los demás; el único medio del que disponemos para reconocerlos como compañeros de especie.

Para consumir un personaje, dispongamos el espectáculo de lo que consume él. Quizás no deseemos compartir de veras sus peripecias, pero seguramente sí su decorado. La sutileza y detallismo de tal caracterización serán evaluadas filisteamente como valor añadido de la película, como una prueba más de minuciosidad y amor al detalle. Así mantiene su vigencia la idea de la existencia de las personas normales. Es más, refrenda la existencia de unos universales —unos elementos constituyentes básicos, científicos, y con ello queda todo dicho— que, combinados, conforman cada YO, y cuyo descubrimiento y destilación es por sí mismo interesante, y más si esta presunta disección psíquica se realiza con mucho arte y oficio.

Escenificaciones sin más valor que su valor de repetición: repetidas en múltiples televisores, en diferentes fechas; arquetipo para las sucesivas, idénticas escenificaciones de otros, iluminados en busca de gloria, ubicuidad. Multiplicación como desaparición.

Historias de Amor

“Creo que cuando has contemplado las emociones desde cierto punto de vista, ya no puedes volver a concebirlas como algo real.”
(Andy Warhol)

Gracias al Amor, todas las narraciones resultan comedias, y todo acontecimiento se revela un círculo que se cierra. Comparadas con las tragedias, las narraciones románticas rebosan crueldad y resentimiento, violencia y resignación; todas las condiciones que rodean a los protagonistas al final quedan benditas porque han propiciado su encuentro o reencuentro, descubrimiento o redescubrimiento: los enamorados felices pasarán el resto de sus vidas comiendo perdices, sin asomarse al mundo exterior más que para arrojar bendiciones al statu quo y asistir a las reuniones de la Asociación de Padres de Alumnos, donde su comportamiento será discreto pero ejemplar. La historia de amor es el ingrediente que la industria del cine añade a todo argumento para esterilizarlo y convertirlo en un placebo, en una conmoción sin movimiento.

No hace tanto que el cine americano se negaba a mostrar el lecho donde mantenía relaciones una pareja soltera o adúltera. Ahora que rara es la película que no contiene la representación de alguna forma de coito (sólo se salvan las de Disney y, curiosamente, las pelíclas más arriesgadas del cine independiente europeo), lo que sigue sin repersentarse son los coitos bendecidos por el matrimonio. Es revelador que no se suela aludir a la posibilidad de contacto sexual entre personas larga y satisfactoriamente emparejadas. El puritanismo se encuentra aquí con lo reducido del número de argumentos permitido. Los ancianos podrán tener vida sexual a condición que se comporten como adolescentes descerebrados, y vendan su alma a cambio de la conquista. Una vez concluida la caza erótica, desaparece la carga dramática.

Fijémonos en los personajes secundarios de la trama: el amor roza a los comparsas, y más vale así, pues cuando los toca es para emparejarlos con la oveja que les corresponde. No apartemos la vista del escudero a lo largo de la historia: él no tiene siquiera derecho a las ilusiones del amor. Si le tomamos como el verdadero protagonista del relato, y releguemos a segundo plano a la pareja de enamorados, como en esas películas de los Hermanos Marx lastradas por un romance cursi y que ahora parece una broma de dudoso gusto, una blasfemia fracasada. Desde este punto de vista, se revela insoportable la subordinación y opresión de las que son conscientes todos menos los enamorados, quienes se identifican sin reservas con la fuerza que los golpea. Para ellos, el riesgo de ser aplastado por las absurdas contorsiones de la burocracia es un hecho de la vida, ruido de fondo psicológico, como el miedo a la falsificación, al envenenamiento y al cáncer.

Para la propaganda, el amor es la única aventura posible en las condiciones modernas de existencia.

Se podría rastrear el año y mes y día en que los científicos descubrieron de una vez por todas el crucial papel del sexo en la vida humana, en el comportamiento de cada individuo, en la composición química de cada contribuyente. Cuesta imaginarse una época en que el magreo —físico o sentimental— no fuera el interés humano número uno.

22 de noviembre de 2006

Amor y narración

Una vez me pidieron que barnizara un texto ajeno. Un compromiso violento. No había que ir de estilista para darse cuenta de que lo que necesitaban aquellas desgraciadas páginas era un trabajo completo. Además, la autora, plenamente metida en el papel de mujer, en realidad hablaba siempre, incluso cuando describía su lavadora, de desamores y de la búsqueda del compañero perfecto. Pero ahí vi abierta la salida de emergencia: recurriendo momentáneamente a las armas del enemigo me confesé incapaz de abordar el texto sin traicionar su punto de vista, etcétera, e hice mutis por el foro.
Aún así, a pesar de lo agradecido que estaba a los tópicos del género, o más bien por verme obligado a mirarlos más de cerca que de costumbre, tuve que preguntarme: ¿Cómo era posible recrearse tanto en el desamor, gozar de sentirse despreciada por el Hombre, así, como ente metafísico-político? Bueno, la respuesta es más que fácil: quien más hable de el Hombre, más se sentirá la Mujer. El truco más viejo del catálogo... Claro que una cosa es llevar años y años viéndolo explotado por todos los profesionales del espectáculo y otra comprobar en directo que hay personas de carne y hueso dispuestas a vivirlo.

No hay amores desgraciados. Enamorarse es, por sí mismo, acontecimiento y embriaguez que se basta a sí misma, intoxicación que no se deja describir por quien está bajo sus efectos. De lo que se habla no es del amor, sino de la persecución erótica, de las frustraciones que conlleva querer fundir enamoramiento y conyugalidad, catálogo de Barbie y cotilleos de tertulianas.
Y si hablamos de describir el proceso de identificación de la presa, la persecución, la frustración de alcanzarla o de no alcanzarla, el volver a empezar... estamos enumerando los condimentos que precisa cualquier narración. Probablemente sólo se dé importancia, saboree y prolongue estos sucesos para tener algo que contar. Un amorío no narrado, de acontecimientos sin hilar, ¿merece tal nombre?

Puede que el amor sea siempre melancólico por no ser más que postergación, persecución como fin en sí misma, más satisfactoria cuanto más anunciado esté que no podrá ser consumada o que se quedará en nada en cuanto lo sea… También puede deberse a lo contrario: a que la existencia del amor sólo se dé póstumamente, como el relato que toma forma cuando el Don Juan desnuda su atormentado corazón ante una doncella recién conocida.

Un conocido contó un día a una amiga común que el mundo le asqueaba, aunque él mismo se daba más asco todavía, con toda su mediocridad, el pasado de cobardías que arrastraba como una cadena, sus grandes gestos… Como no tardó en comprobar, nada de lo que añadía era capaz de desmentir la interpretación que su oyente había realizado en el primer momento: se hallaba atravesando una profunda crisis matrimonial; y así lo comunicó en cuanto se quedó sola con otras ocho o diez personas. De todos modos, tampoco su audiencia hubiera estado abierta a una interpretación distinta.

21 de noviembre de 2006

Personal

La primera vez que alguien me dice que está totalmente de acuerdo conmigo me siento halagado. A la segunda vez, la pregunto si me está tomando el pelo. A la tercera, huyo pensando que es un peligroso imbécil.

Si alguien me espeta por las buenas que le caigo mal, opino que es un imbécil. Si se me acerca otro con quien nunca he conversado a decirme lo mucho que me aprecia, también lo catalogo de imbécil, e incluso en mayor grado que al anterior.

Un individuo que no conocía de nada estaba sentado a la esquina más alejada de nuestra mesa. Tal vez fuera amigo de alguno de los presentes, al menos se sumó a nuestra conversación como si lo fuera. Tal vez nos veía allí sentados bebiendo y discutiendo todos los días y allí, tras observarnos tanto, especialmente cuando el local estaba abarrotado y todos hablaban con todos a gritos, se suponía que se creaba cierta familiaridad. Aunque hubiera sido así durante años no dejaba de ser un contacto tan parcial. Sin embargo no tuvo reparo en dictaminar quiénes le caíamos bien y quiénes no, como si eso fuera una información relevante para nosotros.
Con algunas personas establecemos a primera vista una instantánea relación de mutua antipatía. En mi caso, con la gente que extrapola incluso las formas corteses de presentación, de modo que hacen pensar que me juzgaban desde el momento en que me acercaba a ellos, y siguen juzgando todas y cada una de las palabras que digo y cosas que hago, como si su verdadero significado fuera el de aportar pruebas en mi contra.
Me sacan de quicio las personas que siempre van comentando en alto el precio de todo lo que ven, admirándose de que exista suficiente capital para comprar tantos jerséis, mover tantas grúas, destripar tantas calles… Hay también quien se especializa en comentar, cada vez que vamos a un restaurante, la calidad de cada plato y en especular si su precio se adecua asimismo al local y sus instalaciones. Sólo al criticarles en alto, iracundo, me doy cuenta de lo que se parece a sus hábitos este que he desarrollado yo de examinar cada declaración y comunicado de los gobernantes, exprimiendo y evaluando su contenido de inmoralidad, idiotez y fascismo latente, y tasando si es conveniente que intente retenerlos algunos días en primer plano en la memoria.

13 de noviembre de 2006

Una, grande, liberal (digital)

Cada vez más a menudo, al visitar una librería, me viene a la cabeza la novela Fahrenheit 451. En primer lugar, debido a la proliferación de libros cuya existencia no por inevitable deja de ser un insulto a la inteligencia. En segundo lugar, porque actualmente resulta ingenuo imaginarse ningún Estado que pudiese desear la destrucción de los libros en general. Muy al contrario: incluso el emperador chino del cuento de Borges estaría encantado de tanto libro sobre temas de actualidad, a despecho de su contenido y sus planteamientos.

El público recibe con placer los libros que le han recomendado sus medios de formación favoritos y en ellos busca la confirmación (es decir, la repetición de lo mismo mediante palabras con más letras) de lo que ya tiene de sobras aprendido. Y si con esto no le basta, puede buscar aún mayor confirmación en el circuito de páginas web acorde a sus intereses.

Nadie que no sepa de antemano lo que va a hallar en dichas páginas web se molestará en buscarlas, nadie hallará en ellas nada que no conozca de antemano, salvo despistados y esos sufridos Agentes del Orden que se dedican, por lo que dicen, a buscar todo el día guarradas en la Red. (Antes tocaba preocuparse por las Cadenas de televisión.)

Claro que el uso de clichés y muletillas en estas condiciones ya no puede ser una mera señal de pobreza intelectual. Cómo se le va a identificar a uno a la primera si no; cómo va a distinguirse de los unos y de los otros. Con tanta proliferación se cuenta con muy pocas milésimas de segundo para atrapar al navegante descarriado

No hay tendencia ideológica que no disponga ya de sus propios canales de información, contrainformación y desinformación. En el hecho de que tanto los canales relativamente minoritarios y “alternativos” como los medios oficiales de manipulación compartan unas mismas preocupaciones podemos ver qué amplitud de miras tiene nuestra sociedad, qué grado de politización (léase afiliación, polarización o futbolización) se ha logrado en todos los sectores. Efectivamente, el Estado debe estar temblando al saber que tanto Jiménez Losantos como los Maulets buscan con tanto empeño la Verdad acerca de las mismas cuestiones.

No es imprescindible que tanta superabundancia ideológica sea producto del dinero de los diversos interlocutores sociales (partidos políticos, grandes empresas, iglesias varias). El vínculo es a menudo innegable, pero no necesario: ya nos había avisado el florecimiento de las ONGs que sobraban individuos civiles ansiosos de hacerse cargo de las actividades habitualmente asociadas al Estado del Bienestar, y el Estado reacciona agradecido, claro está. Cada vez que puede desembarazarse de una de sus competencias y endiñársela a unos particulares, más libre queda para dedicarse a los asuntos propios de las personas mayores.

En Fahrenheit 451, el Estado conseguía la absoluta idiotización global prohibiendo la escritura e imponiendo la imagen (televisión, cómics). ¡Vaya ingenuidad! Recordemos que la oficina de Ediciones en Lenguas Extranjeras de la URSS sembró el mundo de las traducciones a incontables idiomas de los autores textos admitidos en el panteón cultural soviético: además de lo que usted puede imaginarse, todo Shakespeare, Goethe, los griegos, Dante, el Quijote e incontables más. Así que no todo se reducía a simples catecismos. Al menos para quien supiese leer. O para quien no tuviera miedo a leer por sí mismo.
Que se sepa: los vejestorios alcoholizados del soviet supremo tenían bien claro que “el medio es el mensaje” ; el señor Ray Bradbury apelaba al culto fetichista a la alta cultura propio de la clase media yanqui a la que pertenecía. Herederos de este señor fueron los que profetizaban durante los ochenta y noventa la desaparición de la palabra escrita, y de la televisión y los cómics, a causa de Internet.
Ni que decir tiene que la expansión de la “Red de Redes” ha respetado a los demás medios de formación de masas y que todo rumor de supuestas rivalidades se reduce a trifulcas de multimillonarios: la compenetración, por lo demás, es perfecta. Aunque nadie habría imaginado a quién se debería este éxito. Supongo que el espectáculo, que hace quince años se encontraba estancado en su etapa integrada, a la que había accedido tras superar exitosamente las etapas concentrada y difusa, como es sabido, ha dado entretanto otra vuelta de tuerca y ahora se encuentra en una etapa que podríamos llamar, provisionalmente, “fase de lo espectacular civil”.

Para que se me entienda (si es que alguien ha llegado hasta aquí): que en cuanto a capacidad de intervención cívica somos algo así como esos individuos que hacen carísimas llamadas telefónicas a cambio de meter baza fugazmente en una tertulia en la que de todas formas no se le consentirá decir nada nuevo.

Nadie habría esperado hallarse masas y masas de individuos de tal especie, más ansiosos por entrar en el juego de lo que nunca se habría sabido planificar.
Son el corolario de esta situación, y no su crítica, estos innumerables individuos que pasean públicamente su opinión e inmortalizan en sus blogs sus reacciones ante las opiniones vertidas ese día por los tertulianos que quisieran ser.

Las incontables instancias extra, seudo y paragubernamentales que por ahí sueltan sus secreciones impresas no dejan de participar de lo gubernamental, como indica su nombre.* Tanto da que no sean todas o no sean del todo mafiosas, eclesiales o militares. Llama la atención que se afanen en hacerse sitio entre los profesionales de la formación de masas con propósitos confirmativos, correctores, regenerativos, hasta un punto que antaño, incluso en los ambientes más reaccionarios e identificados con el status quo, era impensable.


*Lógicamente, todos estos colectivos, dedicados a producir panfletos desde la periferia del aparato estatal, o mimetizándolo, o intentando refundarlo, tienen las limitaciones, aspiraciones y servidumbres propias de todo lo vinculado al Estado. El propio nombre lo dice: considerarse extragubernamental, seudogubernamental o paragubernamental indica, antes que nada, la propia querencia por lo gubernamental. Igual que los paramilitares suelen ser, sobre todo, militares, elevados además al cuadrado o al cubo.

12 de noviembre de 2006

Spüren

Dejar rastros es algo que parece utópico. Todo rastro debe ser reciente: no sólo la huella que alguien dejó sino también la señal de todos los demás que, por la causa que fuera, la han respetado y dejado llegar al presente. De ahí que pensemos que quienes gritaban "¡Eureka!" al descubrir una eran víctimas de un engaño.

La ciudad es de todos y de nadie: ningún individuo tiene derecho a dejar su huella en ella. Sólo pueden hacerlo la macroeconomía y la masa –la de compradores de viviendas, la de automovilistas...- o los fenómenos sociológicos que, por serlo, tienen permitido hacer pintadas.

Las avenidas y cascos históricos se diseñan conforme a una visión fotográfica. Lo que cuenta es su imagen de interior transitable. Todo se concibe de forma que dé lugar a buenos encuadres, de forma que no se eche de menos lo que quede fuera, cortado o desfigurado por la falta de profundidad de campo.

11 de noviembre de 2006

Lecturas convulsas

Toparse, al abrir un libro de Nietzsche, con la observación “No hay hechos, sino interpretaciones,” y pensar automáticamente: “¡Vaya, otro que viene con la vieja frasecita!”

Leer determinados fragmentos de Así hablaba Zaratustra y pensar en su posible distorsión hitleriana. Pero ¿no se presta a una interpretación delirante casi cualquiera de los textos poéticos posteriores al Romanticismo? Cabe imaginarse al departamento de asesores ideológicos de algún demagogo moderno redactando discursos que invoquen a Sade, Swift, Artaud, Bataille, los surrealistas en pleno... para histeria y deleite colectivo de las masas. Repugna imaginarse a lo que deberían haberse acostumbrado -la profundidad de su renuncia, de su regresión.

Primo Levi absuelve a Nietzsche de la acusación de haber suministrado armas ideológicas al arsenal del nazismo, a pesar de reconocer que le fastidia lo que él llama su tono oracular. Sin embargo, es este tono más que cualquiera de las cosas que hubiera dicho, lo que le convierte en fácil carnaza para los pequeño burgueses contra los que, supuestamente, se dirige cada una de sus palabras. Nietzsche es inocente de lo que dice, pero no de decirlo con un estilo que se presta a ser fetichizado por los horteras.

Imaginar a Pinochet o Bush leyendo a Céline (o Celan) en la intimidad, como fuente de inspiración, parece o bien absurdo o bien repugnante, y terrorífico.
El hecho de que Aznar no haya podido manchar la imagen de Azaña y Cernuda, autores de su supuesta predilección, invita a especular sobre lo que habría tenido que llegar a suceder para que su nombre quedara ligado al suyo.

La maldición de lo inédito

“Un autor es una persona que toma de los libros todo lo que le pasa por la cabeza.” (Maurepas)

Intanto leer una página. Acaba por resultarme impracticable, de tan cargada de alusiones y plagios, y la arrojo sintiendo malestar. ¡Qué ramplonería! ¡Si hasta yo puedo identificar cada referencia, es que ni siquiera se molestó en copiar nada que mereciera ser copiado!
Y al final acabo diciendo: ¡Claro, como que esa página la escribí yo!

Publicar para poder repasarse, para poder leerse como se lee a un desconocido -con rigor, desinterés y hasta placer verdadero. Mientras más reconozcamos que nuestra mano acecha tras las palabras, éstas seguirán siendo las nuestras, y más agresivamente sentiremos que su significado nos rechaza.

Es necesario ver publicadas las obras para entenderlas y captar todos sus defectos. Hacer una primera edición supone los deseos de una segunda, impecable e implacable.

“Sólo el papel lo aguanta todo.”- Una forma de destruir sin sacralizar: arrojar todos estos cuadernos al agua, y no al fuego.

Línea cero

Una señora mayor y bastante voluminosa cae de bruces al suelo al apearse del autobús. Intentamos levantarla entre tres o cuatro pasajeros, que pronto nos damos cuenta de la gravedad de la caída. Aunque no deja de lamentarse, la señora trata de tranquilizarnos, asegurándonos que, de todos modos, se dirigía al consultorio cercano, a una cita con su médico.

No importa tanto pasar 10 minutos en la parada aguardando la llegada del autobús como haber llegado a tiempo de ver alejarse el anterior, el que hemos perdido. Desde el momento que lo vimos, se decidió que era ése el nuestro, y no el que tendremos que coger.

Cuando uno ve, en el autobús, trabajar a un carterista experto, lo último en lo que se piensa, mientras se admira pasmado su destreza y su arte, es en la posibilidad de haber sido su anterior víctima.

Argumentando

El Mesías contempló a los que se decían sus seguidores. Desde lo alto de la colina, Él no veía más que una aglomeración de anticristos en potencia.

Un padre está midiendo a su hijo con una cinta de sastre. Cada vez que estira la cinta para llevarla hasta su coronilla, el niño se pone, poco a poco, imperceptiblemente, de puntillas. Intuyéndolo, el padre mira abajo para vigilar que el niño no separe los talones del suelo. Y el niño los mantiene apoyados, al precio de tener que bajar la cabeza como muy interesado en sus comprobaciones. Si el padre levanta la vista, el niño vuelve a ponerse de puntillas. El padre, finalmente, pone término al juego inmovilizando de un pisotón los pies del niño. El juego se prolongaba demasiado.

Un autodidacta que está estudiando la conveniencia de convertirse al Cristianismo pero que, recelando de los intermediarios, instituciones y demás gente que pueda estorbar su libre juicio, se sumerge en la Biblioteca Nacional en busca de libros a nombre de Dios.

Dos hermanas vivían devoradas por la mutua envidia. Una estaba recluida en un majestuoso jardín protegido por imponentes murallas. La otra recorría libre un territorio vastísimo, únicamente limitado por un muro insalvable que se prolongaba de un lado a otro del horizonte.

Una casa en la que, debido a su afán por ahorrar en bombillas, se gastaban verdaderas fortunas en gafas.

Vívida mente

Lo peor del insomnio no son las horas largas como vidas enteras, en vacío, sintiendo solamente el progresivo empeorar de la saliva entre los dientes, el vacío en el estómago, el peso de miembros que aparentemente no volverán jamás a moverse.

El mundo del ensueño es el hábitat del paranoico. Nada hay que sea peor que permanecer atascado a medio camino entre la duermevela y el olvido, reviviendo cada acontecimiento ridículo o lamentable vivido.
Sucesos que creíamos piadosamente olvidados, gracias a su nimiedad, o tal vez corregidos y revalidados por nuestras acciones posteriores, he aquí que acuden implacablemente ordenados, como convocados a un juicio. Cada uno de ellos, bien provisto de detalles triviales, hirientes, acompañado de todas sus causas y consecuencias. Ya no se trata de pedazos de la biografía de un primo emigrado y desaparecido de idéntico número de DNI, sino acusaciones: así eres tú, aunque te esfuerces por negarlo. O más bien: así no eres pero así te ven, y así habrás de verte.

Avanzar en línea recta, sin detenerse, decidido y con las ideas claras, y volver a pasar una y otra vez por donde ya se ha estado. “Da igual, parece lo mismo pero no lo es. Estoy convencido de que al menos yo he cambiado, así que no hay repetición tal cual.” Pero tanta determinación de cambiar era su característica más destacada, la que siempre le había definido.

Acabar convirtiéndose en lo que siempre se ha sido.

Renacer por completo cada día, salvo por lo que se refiere a la memoria de los desengaños y los errores. ¿Cómo no se van a hacer cada vez peor las cosas, entonces?

Empezar y empezar de cero una y otra vez, recelando de lo poco que se recuerda de todo lo que se leyó, oyó, pensó o dijo la víspera. Si la consciencia de este renacimiento cotidiano fuera universal, tal vez viviríamos una vida gozosa -si fuera posible que todos cayéramos en la cuenta de que saber lo que pensaremos mañana.

9 de noviembre de 2006

Arrobamientos

Un grupo de viejos y viejas devotos se dedica al rezo coral y conjunto del rosario. Al otro lado del pasillo central de la antigua iglesia, divisan en la penumbra a otro grupo beato, también rezando a su propio ritmo y a un volumen que no es precisamente discreto y que termina por despistar a nuestro primer grupo. Así pues, éstos elevan un poco más el tono de sus plegarias. El segundo grupo, oyendo ahora que les llevan dos misterios de ventaja, acelera sus rezos. El primero, percatándose de que su plegaria está a punto de ser engullida, reza aún más alto y rápido. La competición progresa hasta que es un clamor inmisericorde el que inunda el sagrado recinto.
Los primeros concluyen con tal ventaja que aún se permiten el regodeo de empezar un rosario nuevo, y tal es la carrerilla que llevan que cuando sus rivales terminan el suyo les encuentran en las letanías .

Para una descripción desengañada del Infierno

Cuanto mejores son nuestras condiciones de vida, cuanto más cerca queda una sociedad plenamente liberada del trabajo y de las necesidades materiales, más mengua la distancia que separa el Infierno del Paraíso.

Resulta que el mayor placer que se pueda soñar consiste en residir dentro de un cercado de alambradas (pagándolas, así como al vigilante armado), en medio de un páramo repleto de grúas y máquinas en pleno funcionamiento bajo un sol abrasador, a kilómetros de ninguna parte. Como consuelo, hay (todavía) un bosque en las cercanías, algún día descubriremos cómo cruzar indemnes la rápida y segura autovía que nos separa de él.
La televisión nos informa segundo a segundo de guerras y eventos de gran trascendencia, pues influyen en el precio del barril de petróleo, cuyas oscilaciones determinan directamente de cómo disfrutaremos nuestro tiempo libre.

No obstante, los hogares perfectos que nos muestran las revistas de decoración suelen carecer de televisión. A duras penas aparece la que suele ocupar el obligado altarcillo de la sala de estar (si está, parece que como objeto de diseño). Mucho menos aparece la de la cocina ni se insinúa que haya una en cada dormitorio.
Estas hiperrealistas familias de las series televisivas no tienen tiempo que desperdiciar aburriéndose durante horas. Se ve que la presencia de un televisor anula tanto las pretensiones estéticas del diseñador como los intentos hechos por los guionistas para individualizar sus personajes.

Attrezzo adicional: catálogos de venta por correo, folletos buzoneados sobre las promociones del supermercado para esta semana (estamos en su base de datos; en Navidades, decoraremos el árbol y el belén con las felicitaciones que nos envían las grandes cadenas), algunos CDs, una cantidad conveniente de libros. Sus títulos, previsibles: clásicos de la cultura que permanece inalterable, congelado de una vez para siempre en el día en que fue fundada la vivienda familiar. Garantía de conformidad y de equilibrio, a ninguna visita se le ocurriría jamás sospechar que sus anfitriones jamás los hayan leído.
La colección aumenta imperceptiblemente cada año. El grueso best-seller de turno desplaza su masa de mesita en mesita durante algunos meses hasta que, generalmente después del verano, desaparece.

Contra Heraclito

La Guerra siempre ha sido el fundamento del Orden y el estatismo. La verdadera Paz es la que se respira de noche entre las literas del cuartel. El Estado (de Excepción) es la mejor forma de norma: hasta el último hombre es inventariado, junto con todos los demás pertrechos, estadillo a estadillo. Todos, sujetos a la supervisión directa del Estado Mayor.

No es necesario que el enemigo tenga misiles para que nosotros estemos obligados a desarrollar escudos antimisiles. ¿Y si algún día se los vendemos de saldo?, ¿y si alguno de nuestros coroneles o presidentes se volviera loco?, ¿y si estallara una guerra civil?, ¿y si resultara más barato un perfeccionamiento constante que una renovación periódica?, ¿y si fuera cierto que cuanto más avanzado un mecanismo más rápidamente queda obsoleto?, ¿y si...? La carrera antibalística se realiza contra uno mismo.

Natural wear & tear.- Existir sin más, eso equivale a decaer, a sufrir el desgaste del roce, la erosión. Coesitir es renovar, competir: renovarse, competirse. La Guerra es el padre de todos.

Es cierto que los policías y los ladrones se necesitan mutuamente. Pero saberlo no hace que resulte menos peligroso quedar atrapado en medio de en un tiroteo.

Las balas perdidas que acaban con al vida del viandante no están a salvo de la sospecha. El hecho de que la moraleja sea la misma sea quien sea el que las haya disparado pone en evidencia que el enfrentamiento entre los pistoleros es ficticio: en realidad, unos y otros forman frente común contra los desarmados.

Cien flores (al borde del camino)

Se concedió audiencia a las almas cándidas. Éstas se adentraron tímidas por los pasillos, hasta llegar a la Sala del Trono. Allí refirieron a Sus Excelencias con respetuoso tono qué bellísimos parajes había que proteger con la mayor urgencia, cuáles eran las preciosas especies animales que se hallaban al borde de la extinción, qué vastas zonas del globo quedarían arrasadas por catástrofes naturales, sin olvidarse de pasar lista a los abusos, errores y olvidos que diezmaban a miles de millones de desfavorecidos.

Al cabo de varias horas, Su Majestad se despidió de ellos con un agradecimiento en absoluto fingido. Dícese también que el Secretario Mayor se ocupó personalmente de tomar nota de cada asunto que se mencionaba, sin que se le escapara un solo dato, y que cuando prometió difundir la información provista entre sus Secretarios Adjuntos, en cuanto la tuviera pasada a limpio, también hablaba totalmente en serio.

5 de noviembre de 2006

The Air-Conditioned Nightmare

Tal vez esté usted soñando con un centro vacacional rodeado de jardines tropicales, comercios, bares y restaurantes, con amplias y bien dotadas habitaciones desde cuyas terrazas contemplar fantásticos amaneceres y espectaculares puestas de sol sobre las cristalinas aguas de nuestras largas y doradas playas. Es fácil que crea estar en un maravilloso y remoto refugio. Aquí puede disfrutar de la naturaleza. Nuestras instalaciones, construidas junto un espacio natural protegido, en lo alto de un risco con maravillosas vistas panorámicas al mar, disfrutan en exclusiva de un ecosistema en excelente estado.

Cada mañana descenderá por un paseo constelado de palmeras hasta nuestro exclusivo piscina-bar, donde podrá degustar un exquisito buffet desayuno. Somos famosos por la cordialidad y el buen hacer de nuestro servicio, un equipo muy selecto y siempre sonriente de genuinos nativos. Desde allí podrá acceder a la playa de acceso exclusivo, al puerto deportivo, los amplios campos de golf. También es posible aprovechar las óptimas conexiones al centro histórico para explorar la amplia oferta complementaria de la zona. Allí encontrará los mejores comercios, una numerosa y variada oferta de productos y servicios donde podrá pasar el día de compras o realizando turismo cultural. De vuelta al hotel, podrá rematar el día sorbiendo una refrescante bebida en nuestro selecto bar.

El inmaculado interior del hotel conjuga tradición y modernidad. Al poner el pie en nuestro lujoso vestíbulo de mármol usted penetra en un mundo de calidad, servicio y atenta hospitalidad. Este hotel ha presenciado grandes acontecimientos históricos, habiendo albergado a todo tipo de personajes: escritores, políticos, toreros, poetas, etc. Muy respetuoso con el medio ambiente, en su construcción se han utilizado materiales biológicos, lo que redunda positivamente en la salud del ser humano. También destaca su restaurante orgánico de comida biológica de la provincia. Es un hotel especialmente indicado para parejas, relax, deportes, tratamientos de belleza, etc. Ofrece entre otras actividades tai-chi-chuan, yoga y aerobic. Animación tres noches por semana, danzas folklóricas, karaoke y concurso de feng-shui y de baile. El hotel no acepta niños ni bebés entre sus huéspedes.

¡Sea un poco más libre!

“Si siguen haciéndonos ofertas tan buenas van a arruinarnos.”

Por doquier hay esparcidas bolsas de plástico que no contienen más que bolsas de plástico.

La tristeza en los rostros de las personas que salen del supermercado, de regreso a casa, cargadas de bolsas de la compra. Su expresión de vergüenza.

Cualquier bolsa de la compra se convierte en bolsa de basura en cuanto ha cruzado del umbral de la tienda. No importa que contenga productos recién comprados, aún inmaculados.

El teletransporte será un hecho cuando teletransportarse equivalga solamente a un ahorro de horas de desplazamiento. Es decir, cuando carezca por sí mismo de interés y únicamente sirva para llegar antes al trabajo.

Cita final: “Hasta que no lleguemos a Plutón no sabremos si vale la pena ir.”
“¿Pero es que ellos ya han ido a Plutón? Entonces, ¿cómo saben que no vale la pena ir?”

4 de noviembre de 2006

Homelessness


Basta con perder la capacidad adquisitiva para convertirse en homeless. Uno se convierte en un turista en su propia Ciudad. Se ha visto bruscamente condenado a ver la Ciudad como una exposición permanente de objetos, a la venta pero fuera de su alcance. Su percepción se ve reducida a lo que desea, y sólo deseando puede percibir.
Para el indigente, la Ciudad no evoca recuerdos. Queda fuera del tiempo, inmerso en el falso presente de la mercancía. Por eso él indigente acumula objetos, a los que adjudica un valor arbitrario sin llegar a plantearse qué va a hacer con ellos.
Su actividad se concentra en las calles comerciales. Acampa en los centímetros cuadrados más caros. Y eso que no falta el terreno libre: hoteles inacabados, ruinas de adosados fraudulentos, naves industriales olvidadas...
Sin embargo los desposeídos nunca se aventuran tan lejos de las tiendas. Donde no hay comercios no se genera basura.
Ese dinero que abre al adolescente aprendiz de bohemio la posibilidad de miles de compras, excesos, pasiones, de poner las botas donde le plazca mientras engulle cervezas mirando al sol poniente y según escribe en un diario poemillas y observaciones, que le permite ir a la pensión que le plazca cuando y con quien se le antoje, ese dinero, como decíamos, le proporciona una libertad tan viciada como falsamente viciosa: con los bolsillos vacíos, nuestro aprendiz de Kerouac devendrá otro paria cargado de bolsas, ya lo sería en este momento a los ojos de quien se dignara mirarlo.
En cuanto se gaste su último céntimo, dejará de importar que acarree con los libros y discos más raros y selectos. No bastará su gusto para darle acceso a las tiendas que antes le acogían y ahora son tristes y decepcionantes. ¿Dónde canjear mis compras? ¿No son mercancía al fin y al cabo? ¿Por qué no se devuelve el dinero? El joven sin dinero, sin crédito, se asimila al más indeseable turista gorrón, al que se viene con lo puesto. Sin poder de consumo, ¿qué se cree con derecho a reclamar?
Dolor de cabeza, frío y sudores, horas sin medida. Va creciendo el terror a perder el autobús y no retornar jamás a la vida “normal”, no volver a sentir la seguridad del dinero en la vida.

El universo concentracionario


El examen de plazas, de todo lugar de uso público, muestra en qué se tiene las actividades comunitarias, privadas, no promovidas, gratuitas .
Toda aglomeración realmente espontánea -no educativa, no subvencionada- resulta non grata. Se la destina a espacios que en un lenguaje mudo pero perfectamente inteligible repiten: “circulen, circulen”.
Los urbanistas y arquitectos no podrían inventar plazas y parques que no entraran en contradicción con sus principales actividades. ¿Con qué fin ha de diseñarse una plaza?: ¿para albergar arbolitos en cuyos alcorques defequen las mascotas, para descargar carruseles y escenarios en las fiestas organizadas por la municipalidad, o para que, como quien no quiere la cosa, acojan el excedente de automóviles que aparcar cada noche?
Para el encuentro son mejores las aceras, a pesar de ser estrechas y sempradas de postes, farolas y zurullos, o las terrazas de los bares, pese estar cercadas por desbordantes contenedores.
Hay que huir de los lugares de reunión planificados por los urbanistas: huelen a lugar de concentración, clasificación y fusilamiento. La Ciudad se desarrolla sucesivamente y de fuera adentro y de dentro afuera, una red concéntrica de campos de exterminio.

Una vieja estampa


Imaginemos la ciudad rapada, igualada apenas a la altura de la mitad del primer piso por un repentino tifón. Sin techos, las ruinas parecen un laberinto.
Cuesta distinguir qué era antes interior y qué exterior. Tampoco habría más razón para intentarlo que las ganas de matar el rato.
(Hay que imaginar esto con el suelo repleto de cascotes y bajo un suelo casi blanco de tan achicharrado por el sol cayendo a plomo.)
Unas ráfagas de aire africano agitan los rasgones de papel que aún cuelgan de los muros. Estos jirones de carteles y de papel pintado proyectan cambiantes triángulos de sombras violáceas.
En las paredes se confunden los motivos de empapelado con las rotulaciones ilegibles. Se mire por donde se mire, se acumulan fragmentos caóticos de texto mudo.
Sin profundidad de campo: todo lo que habitualmente cuelga desapercibido por encima de nuestras cabezas a lo largo de las calles de una ciudad, yace aquí por los suelos. Rótulos luminosos, balcones de forja retorcidos, antenas y más antenas, revelan ahora la insospechada variedad formal que había alcanzado su industria.
Los cables se extienden, entrecruzan y persiguen... Pero en este museo de las ratas, esta Pompeya nuclear, el paseante puede desarrollar su deriva a salvo de tentaciones interpretativas. Ante la pura maravilla del descubrimiento del entorno por sí mismo, ni se le pasará por la cabeza preguntarse por las adivinanzas y retruécanos que pudieron contener, cuando estaban en pie, estas galerías.

Introducción a la psicogeografía


El adjetivo “psicogeográfico” fue acuñado hace ya 50 años por un grupo parisino de ¿artistas? llamado “Internacional Situacionista”. En el primer número de su revista homónima lo definían así: “Psicogeográfico: Relativo a la psicogeografía. Lo que pone de manifiesto la acción directa del medio sobre la afectividad.”
A su vez, “Psicogeografía” era definida como el “estudio de los efectos del medio geográfico, ordenado o no conscientemente, sobre el comportamiento y las emociones de los individuos.”
Según esta oscura doctrina, toda ciudad poseería “un relieve psicogeográfico, con corrientes constantes, puntos fijos” y hasta “torbellinos que dan acceso o salida a algunas zonas muy penosas.”
El “Psicogeógrafo” sería la persona dedicada a la investigación y documentación de determinadas zonas urbanas por medio del paseo apresurado, el vagabundeo en estados de conciencia alterado, el uso de diversas técnicas para extraviarse, y promover el redescubrimiento de la urbe, por ejemplo guiándose de planos de calles correspondientes a ciudades distintas. Comprobaría así algo de lo que la población sólo es vagamente consciente: “Algunos vecindarios son tristes y otros agradables. En general se opina sin más que los barrios elegantes producen una sensación de satisfacción, mientras que las calles pobres son deprimentes.”
“El cambio súbito de ambiente en una calle por espacio de pocos metros; la clara división de una ciudad en zonas de distintas atmósferas psíquicas.”
“El espacio no es una realidad estática. Lo parece porque es tan complejo, y regular. Un engranaje de capas sociales divididas en edades y ocupaciones, con distintos horarios que entran y salen, como una coreografía. Como tejiendo algo que visto a la distancia adecuada será igual tanto hecho aquí como allá, con la excepción de los barrios lumpen y los de alta alcurnia –los dos tipos permitidos de minorías. Falso todo ello. A cada espacio le corresponde un humor.”

“Navegar por la Ciudad es la constante reescritura de un mapa, construyendo un itinerario propio a partir de elementos no previamente organizados.”

Los marineros oceánicos no trazaban una derrota, esto es, un rumbo prefijado conforme a la posición adscrita al destino en las cartas marinas.
Los nativos se orientaban mediante sucesivas y casi inconscientes improvisaciones, realizadas a partir de cada punto de referencia que aparecía en el curso de su travesía.
Del mismo modo es necesario, en las ciudades cuyas calles aún no han sido bautizadas, ni sus viviendas inventariadas y numeradas, en beneficio de la administración y el servicio de correos, improvisar cada día un nuevo mapa a partir de las propias experiencias del momento y de las referencias visuales memorizadas o facilitadas, a fin de superponerlo a los de los días anteriores, y así estudiar el conjunto al trasluz.

Densidad de flujo


Hacer uso del coche constituye un fin en sí mismo. El auto aprovecha cualquier vía que haya abierta. La densidad de circulación siempre será excesiva, histérica.
No se realiza aparcamientos en auxilio de los residentes: todos los aparcamientos practicados siempre acaban resultando escasos, nunca faltan prospecciones para excavar aparcamientos adicionales en cualquier lugar, por inverosímil e incómodo que sea.
No se trata únicamente de intereses privados. Se trata de la necesidad de hacer sitio para nuevos vehículos, de facilitar la reinversión económica. La construcción de aparcamientos, en cuanto depósitos de coches nuevos, es condicionada por el ritmo de consumo de vehículos. La producción de autos, la mercancía por antonomasia, lleva a remolque todas las demás mercancías. Estando el capitalismo basado en el exceso de producción, no hay producto que sufra mayor depreciación, que se reponga a mayor velocidad y cuya posesión sea más innecesaria y obligada que el automóvil. No en vano la propaganda dedicada a ensalzar el transporte privado condensa TODA la pus ideológica con una lucidez, descaro y exhaustividad que y quisieran los supuestos enemigos del llamado modo de vida occidental.
No podemos esperar que cese el ritmo de prospección y realización de aparcamientos ni olvidar los efectos que tendrá en el conjunto de la red de tráfico cada vez que uno nuevo sea inagurado. Se podría proponer una solución definitiva: promover el universal colapso de las vías de circulación: en el momento en que la totalidad del espacio público quede ocupado por vehículos, se los abandonará y se renegará de su propiedad. La chatarra abandonada quedará disponible para otras formas de comportamiento.

On the move


Nuestra capacidad de intervención política, nuestra influencia en la corriente de la vida en común, se reduce a nuestro comportamiento al volante. Libertad que viene determinada por la naturaleza de su herramienta.No en vano el automóvil es la verdadera estrella del paisaje urbano y natural, el elemento en torno al cual se organizan todos los demás.

Hormigonando por amor


Las verdaderas ciudades son aquellos sitios donde uno puede encontrar de todo, donde uno debería poder cruzarse con todo y seguir su camino como si nada. Todo está en la Ciudad. La Ciudad es tiempo, lenguaje, tejido. ¿Es racional, la Ciudad? Todo lo que es real es racional. Pero entonces, ¿es irracional lo irreal? Al contrario: ¡más racional todavía! (Y si A=B y C=B, entonces...) ¡Abre los ojos! ¡Pero no pienses con ellos! No encontrarás ideas inocentes en tus paseos.

Más que ninguna otra cosa, las ciudades son enormes cementerios de automóviles.
Son las nuevas murallas las autovías de circunvalación, las madejas de rotondas y derivaciones. Un intento de redefinición en el plano quirúrgico, una tentativa de expulsar una parte rechazada pretextando perfeccionarla.
Mas estos cinturones habrán de ser reemplazados cada tantos pocos años, al eclosionar un nuevo estado de ahogo, incubado como solución para el ahogo actual.
El atasco empeora aún más con cada nuevo intento de solución. Aunque existiera una sincera intención de poner fin a los problemas, no se conseguiría más que añadir un matiz personal al escenario de los atascos del futuro. Dentro de pocos años, tal vez meses, habrá que retirar la primera piedra, la placa conmemorativa con el nombre de los ediles y delegados de turno.